Dos amigos, argentino uno y polaco el otro, hablaban de literatura tomando cerveza en The Lamb. Estoy leyendo a Kafka decía uno. Yo estoy leyendo a Roberto Arlt, le respondía el otro. Pero más que nada estaba escribiendo. Más que nada estoy escribiendo, le dijo, y aclaró: sin esperanza, y sin desesperar. Se quedaron ambos en silencio y mientras tanto yo pedí otro gin tonic -mentira: de haberlo hecho habría tenido que pararme y dejar la mesa y caminar a la barra y seguramente perderme la conversación, la retomarían pronto, era obvio, silencios así jamás duran mucho, yo quería escuchar; me quedé, eso sí, jugando con el hielo, que las ganas de más gin me tenían ansioso- y los vi entrecerrar los ojos para pensar, o simularlo. Finalmente el primero volvió a hablar: Me doy, dijo, no logro recordar la fuente, pero es así. Te lo digo yo y es así: esa frase es de Kafka. Te he descubierto. Eres un impostor: sin esperanza y sin desesperar, es una frase se Kafka. Pues te has equivocado de manera fatal, le respondió sin vergüenza el otro, el que leía a Arlt: la frase es de la Isak Dinesen, la acabo de leer esta mañana por casualidad y hasta te puedo enviar un link para que lo revises; un link a la fuente, directamente, así no te quedarán dudas.
Yo apunté la frase y me fui a la Brisith Library y ahí la encontré: 'Write a little' -decía la Blixen- 'every day, without hope, without despair'.
martes, diciembre 08, 2009
viernes, diciembre 04, 2009
VIrus

Cuando estaba en Londres supe del jefe de una compañera que había sido contagiado por la swine flu. La compañera, precavida, no fue a trabajar. (Podía, pero no debía; es decir: se quedó en su casa pasándolo estupendamente). Ahora que estoy en Santiago ya nadie habla de esa gripe, pero todo se explica con un virus. En realidad sí se habla de esa gripe, pero recordándola: ocurrió durante el invierno. Esa gripe ya es pasado. Un pasado infernal, evidentemente, para algunos. Hay la niña que, al escuchar que tenía la gripe esa, lloró (pensó que iba a morir). De nada servían las voces que alertaban: la influenza común y corriente, la de todos los años, es más peligrosa aún; preocuparos de esa enfermedad y no de esta otra tan taquillera. Y es que la clave está en la palabra virus. No es lo mismo tener influenza que estar afectado por el virus de la influenza; no es lo mismo estar resfriado que tener un virus.
Un virus es un demonio. Te sientes pésimo, vomitas, te afiebras, no logras dormir; el doctor te dice: nada que hacer, es un virus; líquido y reposo. Una machi o un chamán serían más efectivos: nada que hacer, dirían también ellos, es un espíritu maligno el que te ataca; líquido y reposo -y estas hierbas. El doctor ni siquiera te da las hierbas. Y el doctor cobra más caro. Y el doctor contribuye a la paranoia colectiva: el mundo está lleno de virus que dan vueltas por ahí.
Extraño los baños publicos de Londres, con lavabos con agua caliente para matar a los gérmenes.
miércoles, diciembre 02, 2009
Contacto

Mientras esperaba el embarque del vuelo Madrid-Londres noté que de lejos un tipo con pinta de chileno me observaba. Me acerqué y confirmé mis hipótesis; se lo dije: tú estabas en el colegio X, jugábamos voleibol, yo era más chico que tú. Me acuerdo, me dijo, claro que sí. ¿Vas a Londres?, me preguntó. Y yo sí: vivo ahí. Es fácil deprimirse en Londres, me dijo, oscurece muy temprano. ¿Cómo lo has hecho tú para no deprimirte? Yo estuve un año allí, en Londres, con mi esposa, no teníamos hijos, ahora tenemos tres, todavía no sé cómo logré no caer al abismo: el sol que no sube, que no está nunca amarillo, y los ingleses que no te miran y evitan el contacto visual. No eye contact, fue lo que dijo; yo asentí. A veces, le dije, es mejor no mirar tanto. Ya sé, ya sé, respondió él. Pero es que yo no puedo. Créeme que lo intenté. Caminé varias veces por la calle corriendo un tupido velo sobre mi mirada, para hacerlo tienes que dejar de enfocar, dejar que tus ojos vaguen. Esa parte, me dijo, es fácil. Hasta puedes entrenarte: te haces un pequeño video con el computador: enfocas, desenfocas: mirada chilena, mirar inglés. El problema, siguió, era que así no podía caminar. No podía pensar, tampoco. Se me iba toda la energía en mantener el velo corrido, chocaba con las personas. Una vez, sin quererlo, pateé a un perro, o tal vez lo pisé. En fin, me dijo, me cansé de no conseguirlo, desistí; preferí volver a ser el jote de siempre.
Después llegué a Londres. Nadie me miró. Todavía no hago el experimento de mi amigo voleibolista. Del sol, por supuesto, no hablamos: ahí no hay nada que probar o dejar de probar.
martes, diciembre 01, 2009
Sweet Home
El mejor café del mundo está en Londres: The Espresso Room. En otros sirven cafés igual de buenos, o mejores, pero no están en Londres. Estuve, le dije al dueño, varias semanas en Chile visitando a mi familia y amigos. Pero no tomé ningún café que le llegara a los talones al que sirves aquí. ¿No cultivan, entonces, café en Chile?, me preguntó el cafetero londinense. ¿Es que acaso no es un país montañoso? Lo es, le dije, pero en las montañas hace frío. No sabía, por supuesto, cuáles son las condiciones favorables para cultivar el café. Tampoco sé cuáles son las razones para que todos los cafés que sirven en Chile sean aguados y con gusto a quemado (hay excepciones, hay excepciones...). Pero por qué, me dijo, no toman buen café. ¿Es que el cobre rinde más? ¿O acaso el vino? Y yo quedé bastante interesado en el asunto y habré de investigar (eg googlear) sobre el café una vez más. Pero a quién le interesa mi pasión por el café o por la literatura...
viernes, noviembre 20, 2009
Provincia
Un chileno que fue hace poco a Santiago volvió contando que en su visita había subido el cerro Provincia. El Provincia es probablemente el cerro más subido por los santiaguinos después del Pochoco. El Provincia se puede subir en dos días o en uno, dependiendo del estado físico y de la bondad del tiempo, o de la estación. Para no correr riesgos, él comenzó, todavía en Londres, un sencillo entrenamiento (tres veces por semana); estudió las diversas descripciones del recorrido disponibles en la Internet; convenció a su hermano menor para que le acompañara (además buscaba un guía).
Los dos hermanos madrugaron. Subieron el cerro. En la cumbre almorzaron. Durmieron una siesta (el hermano menor durmió más y más profundo), derritieron nieve, bajaron. De San Carlos bajaron aún más hasta el Apumanque -la Oyster chilena se llama Bip!, con sólo un signo de exclamación, y pueden usar la misma dos chilenos casi al mismo tiempo- y cuando salieron de la micro ya no podían caminar. Los músculos agarrotados; los pies adoloridos del hermano menor con ampollas.
Tomaron un taxi. El taxista, obviamente, les conversó. Ustedes suben cerros, les dijo. Pero ahora, ¿van o vienen?
Fue difícil que el taxista creyera que ese cerro que él veía ahí a su izquierda tenía nombre; que ellos acababan de estar ahí. Cuando llegaron a destino -mi amigo siempre dice: la casa de mi hermano, o: la casa de mi madre; pero por veinticuatro años fue la suya, así que el hermano menor se disgusta: dile la casa, no más, le reclama- mi amigo bajó del taxi, levantó la vista -I looked up, fue lo que dijo- y ahí tuvo una visión, justo frente a la puerta de entrada.
La casa de su madre, explicó, está repleta de árboles. El jardín de esa casa es espectacular. Y en la calle hay además árboles muy altos. Si sales de la casa -en pocos metros se las ingeniaron para que un caminito fuera sinuoso y se transformara en pequeño paseo- y te enfrentas a la reja, y levantas la vista, verás sólo un pedazo de cordillera, muy angosto, bordeado por el follaje de los plátanos, los pinos, y algo más. Justo en ese pedazo cabe la cumbre del Provincia.
Mi amigo: lo he visto toda mi vida; nunca supe su nombre y nunca se me ocurrió subirlo hasta que decidí venirme a vivir aquí. Tampoco lo reconocí en las fotos. Ahora lo quiero todavía más.
Los dos hermanos madrugaron. Subieron el cerro. En la cumbre almorzaron. Durmieron una siesta (el hermano menor durmió más y más profundo), derritieron nieve, bajaron. De San Carlos bajaron aún más hasta el Apumanque -la Oyster chilena se llama Bip!, con sólo un signo de exclamación, y pueden usar la misma dos chilenos casi al mismo tiempo- y cuando salieron de la micro ya no podían caminar. Los músculos agarrotados; los pies adoloridos del hermano menor con ampollas.
Tomaron un taxi. El taxista, obviamente, les conversó. Ustedes suben cerros, les dijo. Pero ahora, ¿van o vienen?
Fue difícil que el taxista creyera que ese cerro que él veía ahí a su izquierda tenía nombre; que ellos acababan de estar ahí. Cuando llegaron a destino -mi amigo siempre dice: la casa de mi hermano, o: la casa de mi madre; pero por veinticuatro años fue la suya, así que el hermano menor se disgusta: dile la casa, no más, le reclama- mi amigo bajó del taxi, levantó la vista -I looked up, fue lo que dijo- y ahí tuvo una visión, justo frente a la puerta de entrada.
La casa de su madre, explicó, está repleta de árboles. El jardín de esa casa es espectacular. Y en la calle hay además árboles muy altos. Si sales de la casa -en pocos metros se las ingeniaron para que un caminito fuera sinuoso y se transformara en pequeño paseo- y te enfrentas a la reja, y levantas la vista, verás sólo un pedazo de cordillera, muy angosto, bordeado por el follaje de los plátanos, los pinos, y algo más. Justo en ese pedazo cabe la cumbre del Provincia.
Mi amigo: lo he visto toda mi vida; nunca supe su nombre y nunca se me ocurrió subirlo hasta que decidí venirme a vivir aquí. Tampoco lo reconocí en las fotos. Ahora lo quiero todavía más.
miércoles, noviembre 18, 2009
viernes, noviembre 13, 2009
Vicio
Un amigo inglés volvió hace poco de Chile. Se fue a conocer el Desierto, la Patagonia, el Pisco Sour; la nieve y el mar. Le encargué una palta.
Nos juntamos, días pasados, a tomar una cerveza en The Lamb. Le pregunté qué era lo que más le había gustado de Chile. Él había estado todo el rato dando golpecitos a la mesa con los dedos, y al suelo con el pie derecho; a veces comenzaba a tararear una canción. Por momentos sentí que la mirada se le perdía en algún punto de su nostalgia sudamericana.
Mira, me dijo, lejos lo más impresionante fue ese juego que ustedes tienen allá: Banda de Rock. Es alucinante. Tenían uno en el hotel de San Pedro y, bueno, comencé a jugar con bastante entusiasmo, realmente me encantó. Después trajeron el Banda de Rock - Los Beatles. Y ahí ya no pude parar. Me perdí el bus al Valle de la Luna; cancelé mi reserva para el Chungará. Di vuelta el juego varias veces. La verdad, lo echo de menos, ahora. Se me olvidó traerte lo tuyo. ¿No tienes tú ese juego, por casualidad?
Le dije que sí, que me lo había traído en mi último viaje. Ahora lleva ya varios días sin salir de mi departamento. Por mientras me deja manejar su Porsche.
Nos juntamos, días pasados, a tomar una cerveza en The Lamb. Le pregunté qué era lo que más le había gustado de Chile. Él había estado todo el rato dando golpecitos a la mesa con los dedos, y al suelo con el pie derecho; a veces comenzaba a tararear una canción. Por momentos sentí que la mirada se le perdía en algún punto de su nostalgia sudamericana.
Mira, me dijo, lejos lo más impresionante fue ese juego que ustedes tienen allá: Banda de Rock. Es alucinante. Tenían uno en el hotel de San Pedro y, bueno, comencé a jugar con bastante entusiasmo, realmente me encantó. Después trajeron el Banda de Rock - Los Beatles. Y ahí ya no pude parar. Me perdí el bus al Valle de la Luna; cancelé mi reserva para el Chungará. Di vuelta el juego varias veces. La verdad, lo echo de menos, ahora. Se me olvidó traerte lo tuyo. ¿No tienes tú ese juego, por casualidad?
Le dije que sí, que me lo había traído en mi último viaje. Ahora lleva ya varios días sin salir de mi departamento. Por mientras me deja manejar su Porsche.
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